EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Matilda hizo señas a Isabella para evitar que Hippolita se levantara, y ambas mujeres adorables empleaban su suave violencia para detener y calmar a la princesa, cuando llegó un sirviente de Manfredo y comunicó a Isabella que su señor quería hablar con ella.
—¡Conmigo! —exclamó Isabella.
—Ve —dijo Hippolita, alentada por el mensaje de su señor—. Manfredo no puede soportar la visión de su familia. Te cree menos afectada de lo que estás y teme la impresión de mi pena. Consuélalo, querida Isabella, y dile que contendré mi angustia antes que añadirla a la suya.
Había oscurecido. El criado que condujo a Isabella la precedía con una antorcha. Cuando llegaron al aposento de Manfredo, que paseaba impaciente por la galería, se apresuró a decir:
—Llévate esa luz y vete.
A continuación, cerró impetuosamente la puerta, se derrumbó en un banco junto a la pared e invitó a sentarse junto a él a Isabella, que obedeció temblando.
—He mandado a buscaros, señora… —empezó, pero se detuvo presa, al parecer, de gran confusión.
—¡Mi señor!