EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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—¿Es posible, señores, que mi historia sea un secreto para vosotros? ¿No sabéis nada sobre mí y sobre la princesa Hippolita? —Negaron con la cabeza—. ¡No! Pues es ésta, señores. Me consideráis ambicioso, y la ambición, ay, está compuesta por materiales más consistentes. Si yo fuera ambicioso, no habría sido presa, durante tantos años, del infierno de los escrúpulos de conciencia. Pero abuso de vuestra paciencia: seré breve. Sabed, pues, que mi mente se ha visto largamente turbada por mi unión con la princesa Hippolita. ¡Oh, señores, si conocierais a esa excelente mujer! Si supierais que la adoro como a una amante y la aprecio como a una amiga… ¡Pero el hombre no ha nacido para la felicidad completa! Ella comparte mis escrúpulos, y con su consentimiento he presentado este asunto a la Iglesia, pues nuestro parentesco es impedimento para nuestra unión. Espero impaciente la sentencia que debe separarnos para siempre. Estoy seguro de lo que sentís por mí; sí, lo estoy. ¡Perdonad estas lágrimas!

Los caballeros se miraron uno a otro, como preguntándose en qué acabaría aquello. Manfredo continuó:




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