EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —La muerte de mi hijo ha ocurrido mientras mi alma se hallaba sumida en esta ansiedad, asà que no pensé sino en renunciar a mis dominios y retirarme para siempre de la vista de los humanos. Mi única dificultad consistÃa en designar un sucesor que fuera bueno con mi pueblo, y disponer de la señora Isabella, tan querida para mà como si fuera de mi sangre. Mi propósito era restaurar el linaje de Alfonso, aun a través de su descendiente más lejano, y creo, y perdonadme por ello, que su voluntad se verÃa satisfecha si la estirpe de Ricardo se uniera a su parentela. Pero ¿dónde iba yo a buscar a esa parentela? No conozco a nadie salvo a Federico, vuestro señor: estaba cautivo de los infieles o muerto. Y si estuviera vivo y en su casa, ¿abandonarÃa el floreciente estado de Vicenza por el insignificante principado de Otranto? Si no lo hiciera, ¿podrÃa yo soportar la visión de un virrey duro y despiadado gobernando a mi pueblo fiel? Pues, señores, yo amo a mi pueblo, y gracias al cielo él me corresponde. Pero os preguntaréis a dónde conduce este largo discurso. En pocas palabras a lo siguiente, señores. Parece que con vuestra llegada el cielo señala un remedio para estas dificultades y para mis infortunios. La señora Isabella es libre y yo lo seré pronto. HarÃa cualquier cosa por el bien de mi pueblo. ¿Y no serÃa lo mejor, la única manera de acabar con las disputas entre nuestras familias, que yo tomara a la señora Isabella por esposa? Os sorprendéis. Pero si bien las virtudes de Hippolita siempre me serán queridas, un prÃncipe no debe pensar en sà mismo; ha nacido para su pueblo.