EL Castillo de Otranto

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El príncipe, molesto por esta interrupción y temiendo que el fraile descubriera ante los forasteros que Isabella se había acogido a sagrado, iba a prohibir la entrada de Jerónimo. Pero concluyó que había llegado para comunicar el regreso de la princesa. Empezaba a excusarse ante los caballeros por ausentarse unos momentos, cuando se vio sorprendido por la irrupción de los frailes. Les reprendió airadamente y se dispuso a expulsarlos de la cámara, pero Jerónimo estaba demasiado agitado para aceptar este rechazo. Informó en voz alta de la huida de Isabella, con protestas de su propia inocencia. Manfredo, perturbado por la noticia, y no menos porque los forasteros se enteraran de ella, se limitó a pronunciar frases incoherentes, ora haciendo reproches al fraile, ora excusándose ante los caballeros; ansioso por saber qué había sido de Isabella y no menos temeroso de saberlo; impaciente por salir en su persecución y contrariado por si ellos se unían a esa búsqueda. Decidió enviar a los sirvientes, pero el caballero principal, rompiendo ya su silencio, recriminó a Manfredo en amargos términos su proceder oscuro y ambiguo, y preguntó por qué Isabella se ausentó la primera vez del castillo. Manfredo, dirigiendo una torva mirada a Jerónimo, que implicaba una orden de silencio, pretendió que tras la muerte de Conrado él mismo la había enviado al santuario hasta decidir cómo disponer de ella.


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