EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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—No lo alzo contra vuestro padre; a eso, por supuesto, no me atrevería. Perdonadme señora; lo había olvidado. Pero ¿puedo miraros y recordar que sois la hija del tirano Manfredo? Sin embargo, él es vuestro padre, y desde este momento mis injurias quedan enterradas en el olvido.

Un profundo y hueco quejido, que parecía provenir de lo alto, estremeció a la princesa y a Teodoro.

—¡Cielos! ¡Nos han oído! —dijo la princesa.

Prestaron atención, pero al no oír ningún otro ruido, ambos llegaron a la conclusión de que había sido una corriente de aire. La princesa, precediendo sigilosamente a Teodoro, le condujo hasta el armero de su padre. Una vez revestido de pies a cabeza, Matilda le guió hasta la poterna.

—Evitad la ciudad y toda la parte occidental del castillo. Por allí deben de estar buscando Manfredo y los forasteros. Id por la parte opuesta. Más allá, al otro lado de ese bosque, hacia el este, hay un roquedal perforado por un laberinto de cavernas que llevan hasta la costa. Allí podéis permanecer oculto hasta que tengáis oportunidad de hacer señas a alguna embarcación para que atraque y os recoja. ¡Marchad! ¡Que el cielo os guíe! De vez en cuando, en vuestras plegarias recordad a Matilda.


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