EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Vos comprendéis demasiado bien, pero una vez más os ordeno que os vayáis. Vuestra sangre, que yo protejo, caerá sobre mi cabeza si pierdo el tiempo en vanos discursos.
—Me voy, señora, porque es vuestra voluntad, y porque no quisiera que mi anciano padre muriera de tristeza. Pero decidme, dama adorada, que cuento con vuestra gentil piedad.
—Vamos, os acompañaré a la bóveda subterránea por la que escapó Isabella. Os conducirá a la iglesia de San Nicolás, donde podéis acogeros a sagrado.
—¡Cómo! ¿Fue a otra y no a vuestra amable persona a quien ayudé a encontrar el pasadizo subterráneo?
—Lo fue, pero no preguntéis más. Tiemblo al ver que seguÃs aquÃ. Huid al santuario.
—¡Al santuario! No, princesa; los santuarios son para damiselas indefensas o para criminales. El alma de Teodoro está libre de falta, y no soportarÃa parecer culpable. Dadme una espada, señora, y vuestro padre aprenderá que Teodoro rechaza una huida ignominiosa.
—¡Joven imprudente! ¿Osáis levantar vuestro presuntuoso brazo contra el prÃncipe de Otranto?