EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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—No corro riesgo alguno, salvo por vuestra dilación. Partid: será imposible saber quién os ha ayudado a escapar.

—Jurad por los santos del cielo que no sospecharán de vos. De otro modo me quedaré aquí a esperar mi destino.

—¡Oh! Sois demasiado generoso. Pero estad seguro de que ninguna sospecha puede recaer sobre mí.

—Dadme vuestra hermosa mano como señal de que no me engañáis, y permitidme bañarla con las cálidas lágrimas de la gratitud.

—Olvidadlo; eso no es posible.

—¡Ah! Hasta ahora sólo he conocido calamidades, y acaso no llegue a conocer otra suerte salvo los castos impulsos de la santa gratitud. Por eso mi alma quisiera imprimir sus efusiones en vuestra mano.

—Olvidadlo y marchaos. ¿Qué diría Isabella si os viera a mis pies?

—¿Quién es Isabella? —preguntó el joven, sorprendido.

—¡Ay de mí! ¡Me temo que estoy ayudando a un mentiroso! ¿Habéis olvidado vuestra curiosidad de esta mañana?

—Vuestro aspecto, vuestras acciones y vuestra belleza parecen una emanación de la divinidad, pero vuestras palabras son oscuras y misteriosas. Hablad, señora, hablad para que vuestro siervo os comprenda.


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