EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Sin duda vos sois uno de esos ángeles! —replicó Teodoro, arrobado—. ¡Nadie salvo una santa bendita podrÃa hablar y actuar como vos y tener vuestro aspecto! ¿Puedo saber el nombre de mi protectora? Creo que habéis nombrado a vuestro padre. ¿Será posible? ¿Puede la sangre de Manfredo experimentar santa piedad? No me contestáis, hermosa señora. Pero ¿cómo estáis aquÃ? ¿Por qué desdeñáis vuestra propia seguridad y dedicáis un solo pensamiento a un desdichado como Teodoro? Huyamos juntos: la vida que me devolvéis la dedicaré a vuestra defensa.
—Oh, os equivocáis —dijo Matilda suspirando—. Soy la hija de Manfredo, pero no corro peligro alguno.
—¡Es sorprendente! Pero la noche pasada me bendecÃa a mà mismo por haberos prestado el servicio que vuestra graciosa compasión y vuestro espÃritu caritativo ahora me devuelven.
—Os equivocáis de nuevo, pero no hay tiempo para explicaciones. Huid, virtuoso joven, mientras esté en mi mano salvaros. Si mi padre regresara, sin duda tanto vos como yo tendrÃamos motivos para temer.
—¡Cómo! ¿Creéis acaso, encantadora doncella, que aceptaré salvar mi vida atrayendo calamidades sobre la vuestra? Antes soportarÃa mil muertes.