EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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Apenas el cortejo hubo abandonado el castillo, Matilda, hondamente interesada por el joven campesino, al parecer condenado a muerte en el salón, se dedicó a idear soluciones para salvarlo. Una de sus doncellas le informó de que Manfredo había enviado a todos sus hombres por diversas rutas en persecución de Isabella: en su precipitación dio esta orden con carácter general, olvidando de eximir de ella a la guardia que asignó a Teodoro. El servicio, apresurándose a obedecer a su impaciente príncipe, y urgido por su propia curiosidad y afán de novedades, se unió a la improvisada persecución, de modo que todos los hombres abandonaron el castillo. Matilda despidió a sus doncellas, subió a la torre negra y, retirando los cerrojos de la puerta, se presentó ante el atónito Teodoro, a quien dijo:

—Joven, aunque el deber filial y la modestia que corresponde a una mujer son contrarios al paso que estoy dando, la santa caridad, sobreponiéndose a las demás obligaciones, justifica este acto. Huid. Las puertas de vuestra prisión están abiertas. Mi padre y sus criados se han ausentado, pero pueden regresar pronto. ¡Poneos a salvo y que los ángeles del cielo os guíen!




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