EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Teodoro se dirigió pensativo al convento para comunicar a su padre su liberación. Allà conoció la ausencia de Jerónimo y la búsqueda de que era objeto la señora Isabella, con algunos detalles de su historia que hasta entonces ignoraba. La generosa galanterÃa de su naturaleza le impulsó a querer ayudarla, pero los monjes no pudieron facilitarle dato alguno que le permitiera adivinar qué camino habÃa seguido. No le tentaba ir en su busca, pues la imagen de Matilda se habÃa impreso con tal fuerza en su corazón que no podÃa soportar su lejanÃa. La ternura que Jerónimo expresara hacia él le confirmaba en su resistencia a marcharse. Incluso se convenció de que el afecto filial era la causa principal de su ir y venir entre el castillo y el monasterio. Hasta que Jerónimo regresara por la noche, Teodoro decidió esconderse en el bosque que Matilda le indicara. Al llegar a él, buscó las sombras más impenetrables, las más adecuadas a la agradable melancolÃa que reinaba en su mente. AsÃ, sin darse cuenta, vagó hasta las cuevas que en otro tiempo sirvieron de retiro a los ermitaños, y que ahora se decÃa en los alrededores que estaban habitadas por espÃritus malignos.