EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Recordaba haber oído esa tradición y, como su ánimo era audaz y aventurero, cedió de buen grado a su curiosidad explorando los recovecos secretos de aquel laberinto. No se había internado mucho cuando creyó oír los pasos de alguien que parecía precederle. Firmemente convencido de cuanto nuestra sagrada fe nos enseña, Teodoro no creía que las buenas personas sean abandonadas sin causa a la maldad de los poderes de las tinieblas. Consideró más probable que el lugar estuviera infestado de ladrones antes que de esas criaturas infernales que, según cuentan, molestan y aterrorizan a los viajeros. Llevaba largo tiempo impaciente por probar su valor. Desenvainando su sable, avanzó tranquilamente, guiado por el leve ruido que le precedía. La armadura que llevaba era como un aviso para que aquella persona lo evitara. Convencido ahora de que no se había equivocado, Teodoro apretó el paso y, evidentemente, acortó la distancia que le separaba de quien huía presuroso. De este modo alcanzó a una mujer que, sin aliento, cayó ante él. Se precipitó a levantarla, pero el terror de ella era tal que el joven comprendió que iba a desmayarse en sus brazos. Recurrió a todas las palabras amables para disipar su alarma, y le aseguró que, lejos de causarle perjuicio, la defendería con riesgo de su vida. La dama volvió en sí ante tan cortés proceder y, mirando a su protector, dijo:
—Estoy segura de haber oído antes esa voz.