EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —No, que yo sepa. A menos que, como sospecho, seáis la señora Isabella.
—¡Cielo misericordioso! Entonces, ¿no os han enviado a buscarme?
Y pronunciando estas palabras se arrojó a los pies de Teodoro y le rogó que no la entregara a Manfredo.
—¡A Manfredo! No, señora; ya os libré una vez de su tiranÃa, y por mucho que me cueste ahora, os pondré fuera del alcance de ese atrevido.
—¿Es posible que seáis el generoso desconocido a quien encontré anoche en la bóveda del castillo? Sin duda no sois un mortal, sino mi ángel de la guarda. Dejadme daros las gracias de rodillas.
—Levantaos, gentil princesa, y no os rebajéis ante un joven pobre y sin amigos. Si el cielo me ha designado como vuestro protector, cumpliré con esa tarea y fortaleceré mi brazo por vuestra causa. Pero venid, señora; estamos demasiado cerca de la boca de la caverna. Busquemos sus recovecos más inaccesibles: no estaré tranquilo hasta que os haya puesto fuera de peligro.
—¡Oh, qué decÃs, señor! Aunque todas vuestras acciones son nobles, aunque vuestros sentimientos denotan la pureza de vuestra alma, ¿es adecuado que os acompañe sola a esos lugares solitarios? Si nos hallaran juntos, ¿no censurarÃa el mundo mi conducta?