EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Teodoro, vertiendo lágrimas sobre su víctima y prometiendo proteger a la princesa con riesgo de su vida, convenció a Federico de que se dejara transportar al castillo. Lo depositaron sobre un caballo propiedad de un criado, después de vendarle las heridas como pudieron. Teodoro caminaba a su lado, y la afligida Isabella, que no consintió en separarse de su padre, los siguió atribulada.