EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Os ruego que me digáis la verdad. ¿Sois vos Isabella de Vicenza?
—Lo soy. ¡Permita el cielo que os recuperéis!
—Entonces vos… vos… —prosiguió el caballero esforzándose en hablar—. ¡Estáis viendo a vuestro padre! Dadme una…
—¡Oh, pasmo y horror! ¿Qué oigo? ¿Qué veo? ¡Mi padre! ¡Vos, mi padre! ¿Cómo habéis llegado hasta aquÃ, señor? ¡Hablad, en nombre del cielo! ¡Corred en busca de ayuda o morirá!
—Es la pura verdad —confirmó el caballero herido, en el lÃmite de sus fuerzas—; soy Federico, tu padre. SÃ, vine a liberarte, pero no lo conseguiré… Dame un beso de despedida y toma…
—Señor —dijo Teodoro—, no os fatiguéis. Permitid que os traslademos al castillo.
—¡Al castillo! —exclamó Isabella—. ¿No nos auxiliarán más cerca? ¿Queréis exponer a mi padre al tirano? Si es trasladado allÃ, me atreveré a acompañarlo, pues ¿acaso puedo abandonarlo?
—Hija mÃa, no importa a donde me lleven: dentro de unos minutos estaré al abrigo de todo peligro. Pero mientras mis ojos te vean, ¡no me abandones, querida Isabella! Este bravo caballero, y me consta que lo es, protegerá tu inocencia. Señor, no dejaréis a mi hija, ¿verdad?