EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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—Generoso adversario, ambos hemos errado: yo os consideré un instrumento del tirano, y me percato de que vos habéis incurrido en la misma equivocación… Es demasiado tarde para excusas… Me desmayo… Si Isabella está próxima, llamadla… Tengo importantes secretos que…

—¡Se está muriendo! —exclamó uno de los criados—. ¿Nadie tiene un crucifijo para ponérselo? Andrea, reza junto a él.

—Traed un poco de agua —ordenó Teodoro— y dádsela a beber mientras yo voy en busca de la princesa.

Dicho esto, corrió a donde estaba Isabella. En pocas palabras, y en tono compungido, le explicó que la fatalidad le había empujado, por error, a herir a un caballero de la corte de su padre y que, antes de morir, ese caballero deseaba comunicarle algo importante. La princesa, gozosa al oír la voz de Teodoro llamándola, quedó atónita al oír su explicación. Dejándose guiar por el joven, cuya nueva prueba de valor reconfortó su atribulado espíritu, llegó al lugar donde el caballero yacía en el suelo, sangrando y sin hablar. Pero sus temores renacieron cuando vio a los criados de Manfredo. Hubiera escapado de nuevo si Teodoro no le hubiera hecho observar que estaban desarmados, y que él les había amenazado con darles muerte al instante si se atrevían a tocar a la princesa. El forastero abrió los ojos y al distinguir a una mujer dijo:


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