EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto El extraño, que era el caballero principal llegado de parte del marqués de Vicenza, se había alejado al galope de Manfredo mientras éste se hallaba ocupado obteniendo información sobre la princesa y dando varias órdenes para evitar que ella cayera en poder de los tres caballeros. El jefe de éstos sospechaba que Manfredo era responsable de la huida de la princesa. Y el insulto de un hombre al que considerada colocado allí por el príncipe para guardar a Isabella, confirmaba sus sospechas. No replicó, pues, y descargó un golpe con su sable sobre Teodoro, quien tomó al recién llegado por uno de los capitanes de Manfredo. Pronto hubiera tenido el caballero el paso expedito si el joven, que no lanzó su provocación sin prepararse para arrostrarla, no hubiera interpuesto su escudo. El valor que largo tiempo había alentado en su pecho, se manifestó en seguida: se lanzó impetuosamente sobre el caballero, cuyo orgullo y cuya ira no eran incentivos menos poderosos para hacer más duro el enfrentamiento. El combate fue furioso, pero breve. Teodoro hirió a su adversario en tres lugares, y por último lo desarmó al tiempo que el caballero se desvanecía por la pérdida de sangre. El campesino, que había huido al iniciarse el combate, dio la alarma a algunos sirvientes de Manfredo que, siguiendo las órdenes de éste, se habían dispersado por el bosque en persecución de Isabella. Llegaron en el momento en que el caballero caía, y no tardaron en descubrir que se trataba del noble forastero. Teodoro, pese a su aversión hacia Manfredo y a la victoria que acababa de lograr, no pudo reprimir emociones de piedad y generosidad, pero aún quedó más conmovido cuando conoció la condición de su adversario, y se informó de que no era un partidario sino un enemigo de Manfredo. Ayudó a los criados a desarmar al caballero y se esforzó en detener la sangre que manaba de sus heridas. El caballero recobró el habla y dijo con una voz débil y desfalleciente: