EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Jerónimo, sorprendido de oír que su propio hijo le acusaba sin razón, no supo qué pensar. No comprendía cómo había escapado Teodoro, cómo obtuvo la armadura y cómo se encontró con Federico. Pero se abstuvo de formular preguntas que pudieran encender la ira de Manfredo contra su hijo. El silencio de Jerónimo convenció al príncipe de que era responsable de la libertad de Teodoro.
—¿Así pagas, viejo ingrato —dijo el príncipe dirigiéndose al fraile—, mis bondades y las de Hippolita para contigo? ¡Y no contento con contrariar los deseos más íntimos de mi corazón, armas a tu bastardo y lo traes a mi propio castillo para insultarme!
—Mi señor —le atajó Teodoro—, os equivocáis respecto a mi padre, pues ni él ni yo somos capaces de albergar un pensamiento contra vos. ¿Es acaso insolencia entregarme a vuestra alteza? —añadió, depositando respetuosamente su espada a los pies de Manfredo—. Aquí está mi pecho: heridlo, señor, si sospecháis que alienta un pensamiento desleal. Mi corazón no encierra sentimiento alguno que no sea de veneración por vos y por los vuestros.
La gracia y fervor con que Teodoro pronunció estas palabras puso de su parte a todos los presentes. Incluso Manfredo se conmovió, aunque el parecido con Alfonso nublaba su admiración con un secreto horror.