EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Mi querido y gracioso señor —dijo Hippolita arrojándose en sus brazos—, ¿qué es lo que veis? ¿Qué son esos ojos desorbitados?
—¡Cómo! —gritó Manfredo sin aliento—. ¿Tú no ves nada, Hippolita? ¿Me ha sido enviado a mà solo este fantasma, a mà que no…?
—Por lo que más queráis, señor —insistió Hippolita—, volved a vuestro ser, recuperad la calma y la razón. Aquà sólo estamos nosotros, vuestros amigos.
—¡Cómo! ¿No es éste Alfonso? ¿Es que no lo ves? ¿Puede ser un delirio de mi mente?
—Es Teodoro, mi señor —le tranquilizó Hippolita—, ese joven que ha sido tan infortunado.
—¡Teodoro! —repitió Manfredo en tono sombrÃo, arrugando la frente—. Teodoro o fantasma, ha turbado el alma de Manfredo. Pero ¿cómo está aquÃ? ¿Y cómo lleva armadura?
—Creo que fue en busca de Isabella —aclaró Hippolita.
—¿De Isabella? —replicó Manfredo recobrando su actitud airada—. SÃ, sÃ, no cabe duda. Pero ¿cómo escapó de la prisión en que le encerré? ¿Le franqueó la puerta Isabella o este fraile hipócrita?
—¿Y serÃa criminal un padre, mi señor —intervino Teodoro—, si procurase la liberación de su hijo?