EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¿En qué conciernen esas palabras a las princesas? —preguntó Teodoro, impaciente—. ¿Por qué deberÃa afectarlas algo de tan poco fundamento?
—Vuestras palabras son rudas, joven, y aunque la fortuna os ha favorecido una vez…
—Mi honorable señor —intervino Isabella, que captaba el apasionamiento de Teodoro, el cual percibÃa dictado por sus sentimientos hacia Matilda—. No os alteréis por la rudeza del hijo de un campesino que olvida la reverencia que os debe, pero él no está acostumbrado…
Hippolita, inquieta porque el diálogo habÃa subido de tono, reprendió a Teodoro por su osadÃa, pero dando a entender que apreciaba su celo. Cambiando de conversación, preguntó a Federico dónde habÃa dejado a su señor. Cuando el marqués iba a responder, oyeron ruido afuera, y cuando se disponÃan a averiguar la causa, penetraron en la cámara Manfredo, Jerónimo y parte de la tropa, pues habÃan oÃdo imprecisos rumores de lo ocurrido. Manfredo avanzó a toda prisa hasta el lecho de Federico para lamentarse de su infortunio, y enterarse de las circunstancias del combate. Pero se vio sacudido por el terror y la sorpresa y exclamó:
—¡Ah, eres tú, temible espectro! ¿Acaso ha llegado mi hora?