EL Castillo de Otranto

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»Perdonadme, señora —añadió el marqués volviéndose a Hippolita—, si me prohíbo repetirlas. Respeto vuestro sexo y vuestro rango, y no quisiera hacerme culpable de ofender vuestros oídos con sonidos injuriosos para quien os es querido.

Hizo una pausa. Hippolita temblaba. No dudaba de que Federico había sido destinado por el cielo para consumar el destino que parecía amenazar su casa. Mirando con ansioso afecto a Matilda, una silenciosa lágrima corrió por su mejilla, pero recobrándose dijo:

—Continuad, señor mío. El cielo no hace nada en vano: los mortales debemos recibir los designios divinos con humildad y sumisión. A nosotros corresponde aplacar su ira o inclinarnos ante sus decretos. Repetid la frase, señor: la oiremos con resignación.

Federico temió haber ido demasiado lejos. La dignidad y la paciente firmeza de Hippolita le inspiraban respeto, y el tierno y silencioso afecto con que la princesa y su hija se miraban le conmovió casi hasta las lágrimas. Pero temeroso de que su negativa suscitara más alarma, repitió con voz insegura y queda las siguientes palabras:

«Cuando halles un yelmo que corresponda a esta espada, tu hija estará rodeada de peligros: sólo la sangre de Alfonso puede salvar a la doncella, y quedará en paz la sombra del príncipe, largo tiempo sin reposo».


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