EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Hijos mÃos —dijo—, os estoy obligado por vuestra caridad, mas ésta es vana. Me encamino al descanso eterno, pero moriré con la satisfacción de cumplir la voluntad del cielo. Cuando llegué a estas soledades, después de ver caer mi paÃs en manos de infieles (¡hace ya más de cincuenta años que fui testigo de la espantosa escena!), se me apareció san Nicolás y me reveló un secreto que me prohibió desvelar a mortal alguno, salvo en mi lecho de muerte. Ha llegado la hora terrible, y vosotros sois sin duda los guerreros escogidos a los que se me ordenó comunicar el secreto. En cuanto hayáis dado sepultura a este cuerpo castigado, cavaréis bajo el séptimo árbol a la izquierda de esta pobre cueva y vuestras tribulaciones habrán… ¡Oh, cielos, recibid mi alma! Con estas palabras, aquel devoto exhaló su último aliento.
»Al romper el alba —continuó Federico—, cuando hubimos devuelto a la tierra aquellas sagradas reliquias, cavamos según sus instrucciones. Mas cuál no serÃa nuestro estupor cuando a la profundidad de unos seis pies descubrimos un enorme sable, la misma arma que se halla ahora en vuestro patio. En la hoja, que entonces sobresalÃa parcialmente de la vaina, aunque casi se ocultó debido a nuestros esfuerzos por retirarla, estaban escritas las siguientes lÃneas… No.