EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Hippolita permanecÃa en silencio. La pena la impedÃa hablar, pero el recuerdo de las últimas y ambiguas palabras de Manfredo confirmaban lo que acababa de oÃr.
—¡Excelente y querida señora! ¡Señora! ¡Madre! —exclamó Isabella arrojándose a los pies de Hippolita en un arranque de pasión—. Confiad en mÃ, creedme, morirÃa mil veces antes que permitirme heriros, que acceder a tan odioso… ¡Oh!
—¡Esto es demasiado! —gritó Hippolita—. ¡A cuántos crÃmenes arrastra un crimen! ¡Levantaos, querida Isabella! Yo no dudo de vuestra virtud. ¡Oh, Matilda, este golpe es demasiado duro para ti! No llores, hija mÃa, y no digas una palabra, te lo encarezco. Recuerda que todavÃa es tu padre.
—Pero también vos sois mi madre —replicó Matilda con fervor—, ¡y sois virtuosa, no sois culpable! ¿Cómo, cómo puedo no lamentarme?