EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Oh, la pureza de vuestro corazón os impide ver la depravación ajena. Manfredo, vuestro señor, ese hombre impÃo…
—¡Callad! Joven señora, en mi presencia no debéis mencionar a Manfredo con esa falta de respeto: él es mi señor y mi esposo y…
—No lo será por mucho tiempo —la interrumpió Isabella— si consigue llevar a cabo sus torpes propósitos.
—Ese lenguaje me asombra —dijo Hippolita—. Vuestro temperamento es apasionado, Isabella, pero hasta ahora nunca creà que os traicionara hasta incurrir en la impertinencia. ¿Qué ha hecho Manfredo que os autorice a tratarlo de criminal y asesino?
—¡Oh, vos, virtuosa y demasiado crédula princesa! ¡Él no pretende quitaros la vida, sino apartarse de vos, divorciarse de vos!
Hippolita y Matilda exclamaron al unÃsono:
—¡Divorciarse…, divorciarse de mÃ!
—¡Divorciarse de mi madre!
—SÃ; y para completar su crimen proyecta… ¡No puedo decirlo!
—¿Qué puede sobrepasar en gravedad lo que ya has dicho? —comentó Matilda.