EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Señora —le dijo a Isabella—, manifestáis tanto afecto por Matilda, y ponéis tan amable interés en cuanto respecta a nuestra desdichada casa, que no he de tener secretos con mi hija que vos no podáis escuchar. —Ambas princesas extremaron la atención y la ansiedad. Hippolita continuó—: Sabed, pues, señora, y tú, mi querida Matilda, que los acontecimientos de los dos últimos y terribles dÃas me han convencido de que el cielo alberga el propósito de que el cetro de Otranto pase de manos de Manfredo a las del marqués Federico. Y quizá me haya inspirado la idea de evitar nuestra total destrucción uniendo nuestras casas rivales. Con este designio, he propuesto a Manfredo, mi señor, entregar a nuestra amada hija a vuestro padre, Federico…
—¡A mà al señor Federico! —exclamó Matilda—. ¡Cielos! Mi graciosa madre, ¿se lo habéis comunicado a mi padre?
—En efecto. Ha escuchado con ánimo benigno mi propuesta, y ha acudido a planteársela al marqués.
—¡Ah, infortunada princesa! —se lamentó Isabella—. ¿Qué habéis hecho? ¡En vuestra bondad no os habéis percatado de que atraÃais la ruina sobre vos, sobre Matilda y sobre mÃ!
—¡Sobre mÃ, sobre vos y sobre mi hija! ¿Qué significa eso?