EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Mi querida amiga! —dijo Isabella, cuyo corazón era demasiado honrado para resistir una manifestación de bondad—. Es a vos a quien Teodoro admira. Lo vi. Estoy convencida. Nunca me interpondrÃa entre vos y él, ni siquiera para defender mi propia felicidad.
Esta franqueza hizo llorar a la gentil Matilda, y los celos, que por un momento habÃan creado frialdad entre tan afables doncellas, no tardó en dar paso a la natural sinceridad y al candor de sus almas. Cada una confesó a la otra la impresión que Teodoro le habÃa causado, y tras esta confidencia rivalizaron en generosidad, insistiendo cada cual en favorecer las aspiraciones de su amiga. Al final, la virtuosa dignidad de Isabella le recordó la preferencia que Teodoro habÃa manifestado casi con toda claridad por su rival, por lo que decidió reprimir su pasión y ceder el amado objeto de ésta a su amiga.
Durante esta amistosa disputa, Hippolita entró en el aposento de su hija.