EL Castillo de Otranto

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—Nada —respondió Isabella, arrepentida de haber dado a Matilda un indicio de la inclinación de Teodoro hacia ella.

Entonces, cambiando de conversación, preguntó a Matilda por qué Manfredo había confundido a Teodoro con un espectro.

—¡Dios mío! —dijo Matilda—. ¿No observasteis su extraordinario parecido con el retrato de Alfonso que hay en la galería? Se lo dije a Bianca aun antes de haberlo visto con armadura, pero tocado con ese yelmo es la viva imagen de esa pintura.

—No suelo fijarme en las pinturas, y mucho menos me he fijado en ese joven con tanta atención como vos parecéis haberlo hecho. ¡Ah, Matilda, vuestro corazón está en peligro! Pero dejad que os prevenga como amiga. Me ha confesado estar enamorado, pero no puede ser de vos, pues hasta ayer no os conocisteis, ¿verdad?

—Así es. Pero ¿por qué, mi querida Isabella, deducís de lo que he dicho que…? —Hizo una pausa y prosiguió—: Él os vio a vos primero, y lejos de mí la vanidad de creer que mis pocos encantos pueden disuadir a un corazón entregado a vos. ¡Debéis ser feliz, Isabella, cualquiera que sea el destino reservado a Matilda!


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