EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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—Sí. Yo nunca lo había visto antes e ignoro en qué había ofendido a mi padre, pero dado que se puso a vuestro servicio, me satisface que mi señor le perdonara.

—¿A mi servicio? ¿Consideráis que me sirvió cuando hirió a mi padre y casi le ocasionó la muerte? Aunque sólo desde ayer tengo la suerte de conocer a mi padre, espero que no me creáis tan insensible al amor filial como para no lamentar la osadía de ese joven. Me resulta imposible experimentar el menor afecto por quien se atrevió a levantar su brazo contra el autor de mis días. No, Matilda, mi corazón le aborrece, y si vos conserváis hacia mí la amistad que me habéis profesado desde la infancia, detestaréis a un hombre que ha estado a punto de hundirme para siempre en la desdicha.

Matilda bajó la cabeza y respondió:

—Espero, mi querida Isabella, que no dudéis de la amistad de Matilda: nunca había visto a ese joven hasta ayer, y es casi un extraño para mí, pero puesto que los cirujanos han manifestado que vuestro padre se halla fuera de peligro, no debéis abrigar un resentimiento tan poco caritativo hacia quien, me consta, ignoraba el parentesco entre el marqués y vos.

—Defendéis su causa con mucho patetismo, considerando que es un extraño para vos. O me equivoco o corresponde a vuestros sentimientos caritativos.

—¿Qué queréis decir?


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