EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Esta actitud casaba bien con lo que ella misma sentÃa, por lo que en Isabella se reavivaron las sospechas, y quedó destruida la confianza que se habÃa propuesto manifestar a su amiga. Se ruborizaron al encontrarse, pues eran demasiado inexpertas para disimular con eficacia sus sentimientos. Después de algunas preguntas y respuestas irrelevantes, Matilda preguntó a Isabella la causa de su huida. La joven, que casi habÃa olvidado la pasión de Manfredo, pues estaba intensamente preocupada por sà misma, creyó que Matilda se referÃa a su última ausencia del convento, que habÃa dado lugar a los sucesos de la noche anterior.
—Martelli trajo noticias al convento de que vuestra madre habÃa muerto.
—¡Oh! —dijo Matilda interrumpiéndola—. Bianca me ha explicado esa equivocación: al verme desmayada, gritó: «¡La princesa ha muerto!». Y Martelli, que habÃa venido al castillo a recibir la limosna habitual…
—¿Y qué os hizo desmayar? —inquirió Isabella, indiferente a lo demás.
Matilda se ruborizó y balbució:
—Mi padre estaba juzgando a un criminal.
—¿Qué criminal? —preguntó Isabella ansiosamente.
—Creo… que ese joven.
—¿Quién, Teodoro?