EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¿Por qué habrÃa de disuadirla? —se dijo Isabella—. Se me castiga por mi generosidad. Pero ¿cuándo se conocieron? ¿Dónde? No puede ser. Me he engañado a mà misma. Quizá anoche se vieron por primera vez. Otra debe ser la causa que ha despertado su afecto. Si es asÃ, no me siento tan desdichada como creÃa; pero si Matilda no es mi amiga… ¡Cómo! ¿Puedo suspirar por el afecto de un hombre que me ha mostrado su indiferencia de forma tan ruda e innecesaria? Y ello en el preciso momento que la cortesÃa comúnmente aceptada exigÃa, al menos, expresiones de urbanidad. Iré a ver a mi querida Matilda, que me confirmará en este natural orgullo. El hombre es falso… Le aconsejaré que tome el velo: se regocijará de hallarme en esta disposición. Y yo le diré que ya no me opongo a su inclinación al claustro.
Con estos pensamientos, y decidida a abrir por entero su corazón a Matilda, acudió al aposento de la princesa, a la que ya halló vestida y reclinada pensativamente.