EL Castillo de Otranto

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Si se despidieron con escasa cordialidad, se reunieron con gran impaciencia en cuanto salió el sol. Sus mentes se hallaban en un estado que les impedía dormir, y cada una de ellas se planteó mil preguntas que hubiera deseado formular a la otra la noche anterior. Matilda pensaba que Isabella había sido liberada dos veces por Teodoro en situaciones muy críticas, que ella no podía creer accidentales. Los ojos del joven, ciertamente, se habían fijado en los suyos en la habitación de Federico, pero eso pudo haber sido para disimular la pasión por Isabella ante sus padres respectivos. Era mejor aclarar eso. Deseaba saber la verdad, y no ser desleal a su amiga alimentando una pasión por su amado. Así, la espoleaban los celos y, al mismo tiempo, invocaba la excusa de la amistad para justificar su curiosidad.

Isabella, no menos inquieta, hallaba poco fundamento a sus sospechas. La lengua y los ojos de Teodoro le habían dicho que su corazón estaba comprometido, era cierto, pero acaso Matilda no correspondía a su pasión.

Siempre le había parecido insensible al amor, pues todos sus pensamientos estaban puestos en el cielo.



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