EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Mi padre es demasiado piadoso y noble como para imponerme un acto inicuo. Nunca lo ordenarÃa. ¿Puede un padre impulsar a una acción inadmisible? Yo estaba comprometida con el hijo: ¿puedo desposarme con el padre? No, señora, no; ninguna fuerza me arrastrará al odioso lecho de Manfredo. Lo detesto y lo aborrezco. Lo que se propone lo prohÃben las leyes divinas y las humanas. ¡Y mi amiga, mi queridÃsima Matilda! ¿HerirÃa yo su tierna alma injuriando a su adorada madre? A mi propia madre, puesto que nunca conocà a otra…
—¡Oh, ella es la madre de ambas! —exclamó Matilda—. ¿Podemos, podemos, Isabella, excedernos en nuestra adoración?
—Mis queridas hijas —dijo Hippolita, conmovida—, vuestra ternura me abruma…, pero no debo ceder. No nos corresponde a nosotras elegir por nuestra cuenta: deben decidir por nosotras el cielo, nuestros padres y nuestros maridos. Tened paciencia hasta que sepáis lo que han determinado Manfredo y Federico. Si el marqués acepta la mano de Matilda, sé que ella se apresurará a obedecer. Que el cielo se interponga para evitar lo demás. ¿Qué quieres decirme, hija? —continuó, viendo que Matilda se arrojaba a sus pies llorando copiosamente y sin decir nada—. Pero no, no me respondas, hija; no debo oÃr una palabra en contra de la voluntad de tu padre.