EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Oh, no dudéis de mi obediencia, de mi ciega obediencia hacia él y hacia vos! Mas ¿acaso puedo ocultar mi pensamiento a la mujer a la que más respeto, de la que no he recibido sino ternura y toda la bondad del mundo, a la mejor de las madres?
—¿Qué vas a decir? —preguntó Isabella, temblorosa—. Reportaos, Matilda.
—No, Isabella, no merecerÃa esta madre incomparable si en lo más recóndito de mi corazón albergara un pensamiento sin su permiso. La he ofendido, pues he permitido que una pasión penetrara en mi corazón sin su permiso. Pero la rechazo, y juro ante el cielo y ante mi madre…
—¡Hija mÃa, hija mÃa! —Se sorprendió Hippolita—. ¿Qué palabras son ésas? ¿Qué nuevas calamidades nos tiene reservadas el destino? ¡Tú una pasión! Tú, en esta hora de destrucción…
—¡Oh, comprendo la magnitud de mi culpa! Me aborrezco a mà misma si le ocasiono un dolor a mi madre. Ella es lo que más quiero en el mundo… ¡Oh, nunca, nunca volveré a mirarlo!
—Isabella —dijo Hippolita—, ¿tenÃas noticia de este desdichado secreto, cualquiera que sea? Responde.