EL Castillo de Otranto

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—¡Cómo! —exclamó Matilda—. ¿Hasta tal punto he ofendido el amor de mi madre que no me permitirá siquiera confesar mi propia culpa? ¡Oh, infortunada, infortunada Matilda!

—Sois cruel en exceso —le recriminó Isabella a Hippolita—. ¿Cómo podéis soportar esta angustia en un corazón virtuoso y no compadecerlo?

—¡Cómo no voy a apiadarme de mi hija! —protestó Hippolita estrechando a Matilda en sus brazos—. ¡Oh! Yo sé que es buena, que toda ella es virtud, ternura y sentido del deber. ¡Te perdono, hija excelente, mi única esperanza!

Entonces la princesa reveló a Hippolita su mutua inclinación por Teodoro, y el propósito de Isabella de renunciar a él en favor de Matilda. Hippolita las recriminó por su imprudencia, y les manifestó la improbabilidad de que sus respectivos padres consintieran en dar en matrimonio a sus herederas a un hombre tan pobre, aunque de noble nacimiento. La tranquilizó en alguna medida saber que su pasión era reciente, y que Teodoro tenía escasos motivos para sospechar su existencia. Les ordenó que evitaran todo trato con él, lo que Matilda prometió fervientemente. Pero Isabella, empeñada en contribuir a la unión del joven con su amiga, no pudo hacerse a la idea de eludirlo, de modo que no contestó.

—Iré al convento —dijo Hippolita— y encargaré más misas para librarnos de estas calamidades.


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