EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Oh, madre mÃa! —se lamentó Matilda—. Os proponéis abandonarnos, vais a acogeros a sagrado y a dar a mi padre la oportunidad de persistir en su fatal intento. ¡Oh, de rodillas os suplico que desistáis! ¿Vais a dejarme a merced de Federico? Os seguiré al convento.
—TranquilÃzate, hija mÃa. Regresaré al instante. Nunca te abandonaré, a menos que me conste que es voluntad del cielo, y por tu bien.
—No me engañéis. No me casaré con Federico salvo que vos me lo mandéis. ¡Oh, qué será de mÃ!
—¿A qué vienen esos lamentos? Te he prometido regresar.
—¡Oh, madre mÃa! Quedaos y protegedme de mà misma. Un enfado vuestro puede hacer más que toda la severidad de mi padre. Yo he entregado mi corazón y sólo vos podéis hacer que lo recobre.
—Basta —dijo Hippolita—. No debes reincidir, Matilda.
—Yo puedo renunciar a Teodoro, pero ¿debo casarme con otro? Dejadme seguiros al convento y apartarme para siempre del mundo.
—Tu destino depende de tu padre —le recordó Hippolita—. De nada habrá servido la ternura que he derramado sobre ti si reverencias a alguien más que a él. ¡Adiós, hija mÃa! Voy a rezar por ti.