EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Cuando Jerónimo abandonó el castillo la noche anterior, preguntó en tono severo a Teodoro por qué le habÃa acusado ante Manfredo de haber sido cómplice de su huida. Teodoro manifestó que su propósito era alejar las sospechas de Manfredo sobre Matilda. Y añadió que la santidad de Jerónimo y su condición le ponÃan a cubierto de la ira del tirano. Jerónimo se sintió muy inquieto al descubrir la inclinación de su hijo por aquella princesa. Dejándole descansar, le prometió que por la mañana le pondrÃa al corriente de las graves razones que le imponÃan renunciar a su pasión. Teodoro, lo mismo que Isabella, se habÃa puesto hacÃa muy poco bajo la autoridad paterna como para someterse a sus decisiones en contra de los impulsos de su corazón. HabÃa mostrado escasa curiosidad por conocer las razones del fraile, y menos disposición aún para obedecerlas. La encantadora Matilda habÃa causado en él una impresión más honda que el afecto filial. Durante toda la noche se complació en amorosas evocaciones, y sólo mucho después del oficio matinal recordó que el fraile le habÃa citado ante la tumba de Alfonso.
—Joven —dijo Jerónimo cuando le vio—, esta tardanza me disgusta. ¿Tan poco pesan los mandatos de un padre?
Teodoro pronunció unas torpes excusas y atribuyó su tardanza al haberse dormido.