EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¿Y con quién has soñado? —preguntó el fraile severamente.
Su hijo se ruborizó.
—Ven, ven, joven desconsiderado. Esto no puede ser. Arranca esa pasión culpable de tu pecho.
—¡Pasión culpable! ¿Puede guardar alguna relación la culpa con la belleza inocente y la modestia virtuosa?
—Es pecaminoso querer a quienes el cielo ha destinado a la destrucción. Una raza de tiranos debe ser borrada de la faz de la tierra a la tercera y la cuarta generación.
—¿Hará pagar el cielo a los inocentes los crímenes de los culpables? La hermosa Matilda posee virtudes suficientes…
—… para perderte —le interrumpió Jerónimo—. ¿Tan pronto has olvidado que por dos veces el salvaje Manfredo pronunció tu sentencia?
—Tampoco he olvidado, señor, que la caridad de su hija me liberó de su poder. Yo puedo olvidar las injurias; jamás los favores.