EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Rezo fervientemente para que se nos exima de tales pruebas —dijo la piadosa princesa—. Sabéis que he dedicado mi vida a implorar la bendición sobre mi señor y sobre mis hijos indefensos. ¡Uno, ay, me ha sido arrebatado! ¡Que el cielo me escuche y libre a Matilda! ¡Interceded por ella, padre!
—Todos los corazones la bendecirán —comentó Teodoro apasionadamente.
—¡Calla, joven temerario! —le advirtió Jerónimo—. ¡Y vos, querida princesa, no os opongáis a los designios de lo alto! El Señor da y el Señor quita: bendecid su nombre y acatad sus decretos.
—Lo hago con la mayor devoción —contestó Hippolita—, pero ¿me despojará de mi único consuelo? ¿Debe perecer también Matilda? Oh, padre, he venido… Pero despide a tu hijo. Nadie salvo tú debe oÃr lo que voy a decir.
—¡Que el cielo os conceda todos vuestros deseos, excelente princesa! —dijo Teodoro, retirándose.