EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Pero no os quedaréis aquà hasta entonces. Regresad conmigo al castillo, y allà tomaré las medidas adecuadas para un divorcio. Que este fraile entrometido no aparezca por allÃ, porque mi hospitalario techo nunca más albergará a un traidor. Y a tu vástago lo destierro para siempre de mis dominios. Él, que yo sepa, no está consagrado ni se halla bajo la protección de la Iglesia. El hombre que se case con Isabella no será el hijo advenedizo del padre Falconara.
—Advenedizos —replicó el fraile— los que se apoderan del trono de un prÃncipe legÃtimo. Pero se agostan como la hierba y de ellos no queda rastro.
Manfredo, lanzando una mirada de soslayo al fraile, se llevó consigo a Hippolita, pero en la puerta de la iglesia susurró a uno de sus criados que permaneciera oculto en las proximidades del convento, y le informara al instante si llegaba alguien procedente del castillo.