EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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—Vos no sois un príncipe legítimo; ni siquiera sois príncipe. Marchad, dirimid vuestra pretensión con Federico, y cuando lo hayáis hecho…

—Ya está hecho. Federico acepta la mano de Matilda y se muestra de acuerdo en renunciar a su aspiración a menos que yo no tenga descendencia masculina.

Cuando hubo hablado, tres gotas de sangre cayeron de la nariz de la estatua de Alfonso. Manfredo palideció y la princesa cayó de rodillas.

—¡Mirad! —dijo el fraile—. ¡Observad este milagroso indicio de que la sangre de Alfonso nunca se mezclará con la de Manfredo!

—Mi gracioso señor —intervino Hippolita—, sometámonos al cielo. No creáis que vuestra siempre obediente esposa se rebela contra vuestra autoridad. No tengo otra voluntad que la de mi señor y la de la Iglesia. Apelemos a este respetable tribunal. No depende de nosotros romper los vínculos que nos unen. Si la Iglesia aprueba la disolución de nuestro matrimonio, sea. Me quedan pocos y tristes años de vida. ¿Dónde pueden transcurrir mejor que al pie de este altar, rezando por vos y porque Matilda se vea libre de todo mal?


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