EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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Impaciente por resolver esta incógnita y por impedir que algo malograra sus deseos, Manfredo acudió presuroso al convento, y llegó en el momento en que el fraile exhortaba gravemente a la princesa a no consentir nunca en el divorcio.

—Señora —dijo Manfredo—, ¿qué asunto os trajo aquí? ¿Por qué no aguardasteis mi regreso después de hablar con el marqués?

—He venido a implorar la bendición para vuestros acuerdos.

—Mis acuerdos no necesitan la intervención de un fraile, y de todos los seres vivientes ¿este viejo traidor es el único con el que os complacéis en hablar?

—¡Príncipe profanador! —le increpó Jerónimo—. ¿Es el altar el lugar que habéis escogido para insultar a sus servidores? Pero vuestros impíos designios, Manfredo, ya se conocen. El cielo y esta virtuosa dama están enterados. No os encolericéis, príncipe. La Iglesia menosprecia vuestras amenazas, y sus truenos ahogarán tu ira. Atreveos a persistir en vuestro malvado propósito de divorciaros hasta que la sentencia se dé a conocer, y en este punto yo pronuncio anatema sobre vuestra cabeza.

—¡Rebelde audaz! —exclamó Manfredo, esforzándose por ocultar el pavor que las palabras del fraile le inspiraban—. ¿Osáis amenazar a vuestro legítimo príncipe?


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