EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Mientras tanto, Manfredo había manifestado su propósito a Federico, planteándole el doble matrimonio. Federico, débil e impresionado por los encantos de Matilda, escuchó con mucho agrado la oferta. Olvidó su enemistad con Manfredo, al que tenía escasas esperanzas de desposeer por la fuerza, y convenciéndose de la improbabilidad de que hubiera descendencia de la unión de su hija con el tirano, consideró que nada facilitaría tanto su propia sucesión al principado como el matrimonio con Matilda. Fingió oposición a la propuesta e hizo ver que sólo la aceptaba si Hippolita consentía en el divorcio. Manfredo manifestó que él se encargaría de eso. Exultante por este éxito, e impaciente por verse en situación de poder tener hijos, corrió al aposento de su esposa, decidido a obligarla a acceder. Supo con indignación que había ido al convento. Su conciencia de culpa le sugería la probabilidad de que Isabella le hubiese informado de sus propósitos. Llegó a pensar que aquella marcha al convento podía implicar el retiro en el lugar hasta que pudiera oponer obstáculos al divorcio. Y las sospechas que ya alimentaba hacia Jerónimo le llevaron a la convicción de que el fraile no sólo se interpondría en sus proyectos, sino que podía haber inspirado a Hippolita la resolución de acogerse a sagrado.