EL Castillo de Otranto

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Pero la altanería de Jerónimo, tan contradictoria con su humildad anterior, le inspiraba las más hondas aprensiones. El príncipe llegó a sospechar que el fraile contaba con algún apoyo secreto de Federico, cuya llegada parecía guardar alguna relación con la sorprendente aparición de Teodoro. Y aún más le turbó el parecido de Teodoro con el retrato de Alfonso. De este último le constaba sin la menor duda que había muerto sin descendencia. Federico había accedido a su compromiso con Isabella. Todas estas contradicciones agitaban su mente causándole tormentos innumerables. Sólo concebía dos maneras de salir de sus dificultades. Una era renunciar a sus dominios en favor del marqués. Pero se oponían a este pensamiento el orgullo, la ambición y la creencia en antiguas profecías que apuntaban a la posibilidad de conservar tales dominios para su descendencia. La otra manera era apresurar su matrimonio con Isabella. Después de rumiar largamente sobre estos ansiosos pensamientos, mientras caminaba en silencio con Hippolita hacia el castillo, acabó por manifestar a la princesa la razón de su inquietud, y recurrió a todas las insinuaciones y argumentos plausibles para arrancarle el consentimiento del divorcio, e incluso la promesa de promoverlo ella misma. Hippolita necesitaba poca persuasión para complacerlo.



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