EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Se esforzaba en convencerlo de que renunciara a sus dominios pero resultando sus exhortaciones infructuosas, le aseguró que hasta donde su conciencia se lo permitiera no se opondría a la separación. No obstante, a menos que él alegara escrúpulos mejor fundamentados que los manifestados hasta entonces, no se comprometía a actuar de forma activa en la demanda.
Esta disposición, aunque insuficiente, bastó para que se reforzaran las esperanzas de Manfredo. Confiaba en que su poder y su riqueza aligerarían los trámites en la curia romana, para lo que pensaba enviar allí a Federico. Éste había manifestado una intensa pasión por Matilda; gracias a esto, Manfredo esperaba obtener cuanto deseaba, ofreciendo o negando a Federico los encantos de su hija, según se manifestara mejor o peor dispuesto a secundar sus propósitos. Incluso la ausencia del marqués podría ser favorable, pues así podría tomar medidas más eficaces para reforzar su propia seguridad.
Despidiendo a Hippolita a su aposento, se encaminó al del marqués, pero cuando cruzaba el gran salón se encontró con Bianca. Le constaba que esta doncella gozaba de la confianza de las dos jóvenes damas. De inmediato se le ocurrió sonsacarla acerca de Isabella y Teodoro. Llevándosela aparte, al mirador, y halagándola con lindas palabras y promesas, le preguntó si estaba al corriente de los afectos de Isabella.