EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¿Yo, mi señor? No, mi señor… SÃ, mi señor… ¡Pobre señora! Está muy inquieta por las heridas de su padre, pero le dije que todo irá bien. ¿No cree lo mismo vuestra alteza?
—No te pregunto lo que piensas de su padre. Tú conoces sus secretos. Ven, sé una buena muchacha y dime si hay algún joven de por medio… ¿Eh? Ya me entiendes.
—¡LÃbreme Dios! ¿Entender yo a vuestra alteza? No, no. Le recomendé unas hierbas medicinales y descanso…
—Que no estoy hablando del padre —insistió el prÃncipe, impaciente—. Sé que sanará.
—Ay, Dios, cómo me alegra oÃr a vuestra alteza decir eso. Porque creo que no debemos permitir que la señora pierda la esperanza, por más que su señorÃa no tiene buen aspecto y algo… Recuerdo cuando el joven Fernando fue herido por el veneciano.
—Contéstame algo concreto. Toma esta joya; a lo mejor sirve para que concentres tu atención. Y déjate de reverencias, aunque mi favor no se detendrá ahÃ… Anda, dime la verdad: ¿cuál es el estado del corazón de Isabella?
—Bueno, vuestra alteza tiene una manera de… A decir verdad… Pero ¿puede vuestra alteza guardar un secreto?