EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Suponiendo que salga de tus labios, porque si no sale…
—Jurad, alteza, por Nuestra Señora, que nunca se sabrá que yo lo he dicho. Bueno, la verdad es la verdad. Yo no creo que mi señora Isabella sintiera mucho afecto por mi joven señor, vuestro hijo, por más que era de lo más agradable que se pueda imaginar. Estoy segura de que si yo hubiera sido una princesa… Pero ¡Dios mÃo! Debo acudir junto a mi señora Matilda, que se preguntará qué ha sido de mÃ.
—Quédate. No has respondido a mi pregunta. ¿Has llevado alguna vez un mensaje, una carta?
—¿Yo? ¡Dios santo! ¿Llevar una carta? No lo harÃa ni por una reina. Espero que vuestra alteza comprenda que, aunque pobre, soy honrada. ¿Ha llegado a oÃdos de vuestra alteza lo que me ofreció el conde Marsigli cuando vino a cortejar a mi señora Matilda?
—Yo no tengo tiempo para tus historias y no pongo en duda tu honradez. Pero es tu deber no esconderme nada. ¿Desde cuándo se conocen Isabella y Teodoro?
—A vuestra alteza no se le escapa nada, pero no estoy enterada del asunto. Sin duda Teodoro es un joven correcto, y tal como dice mi señora Matilda, la viva imagen del buen Alfonso. ¿No se ha percatado vuestra alteza?
—SÃ, sÃ… No… Tú me torturas. ¿Dónde se conocieron? ¿Cuándo?