EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¿Quién? ¿Mi señora Matilda?
—No, no; Matilda no: Isabella. ¿Cuándo se encontró Isabella por primera vez con ese Teodoro?
—¡Virgen Santa! ¿Y cómo podrÃa yo saberlo?
—Pues lo sabes. Y yo debo saberlo. Quiero saberlo.
—¡Señor! ¿No estará celoso vuestra alteza del joven Teodoro?
—¡Celoso! No, no; ¿porqué deberÃa estarlo? Tal vez me proponga unirlos… si tengo la seguridad de que a Isabella eso no le repugna.
—¡Repugnarle! No, os lo garantizo. Es el joven más apuesto de la cristiandad; a todas nos gusta. Nadie en el castillo dejarÃa de regocijarse por tenerlo como prÃncipe… Quiero decir, cuando al cielo le plazca llamar a vuestra alteza.
—¿Hasta ese extremo hemos llegado? ¡Oh, ese fraile maldito! Pero no debo perder el tiempo. Bianca, ve junto a Isabella, pero te prohÃbo que digas una palabra de lo que hemos hablado. Averigua hasta qué punto siente afecto por Teodoro y tráeme buenas noticias. Si lo haces, este anillo tendrá un compañero. Aguarda al pie de la escalera de caracol. Voy a ver al marqués y luego hablaré contigo.