EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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Tras una conversación sobre generalidades, Manfredo quiso que Federico despidiera a los dos caballeros que le acompañaban, pues debía hablar con él de asuntos urgentes. En cuanto estuvieron solos, empezó a sondear hábilmente al marqués a propósito de Matilda. Y hallándole dispuesto según sus deseos, le insinuó las dificultades con que tropezaría la celebración de su matrimonio, a menos que…

En ese instante, Bianca entró en el aposento con un terror indecible reflejado en su aspecto y en sus gestos.

—¡Oh, mi señor, mi señor! ¡Estamos perdidos! ¡Ha vuelto, ha vuelto!

—¿Qué es lo que ha vuelto? —exclamó Manfredo, atónito.

—¡Oh, la mano! ¡El gigante! ¡La mano! ¡Ayudadme! ¡Estoy fuera de mí a causa del terror! No dormiré en el castillo esta noche. ¿Adónde iré? Que me manden mis cosas mañana… ¡Ojalá me hubiera casado con Francesco! ¡Esto me ocurre por ambiciosa!

—¿Qué es lo que te ha aterrorizado así, joven? —preguntó el marqués—. Aquí estás a salvo; no te alarmes.

—¡Oh! Vuestra señoría es admirablemente bueno, pero no me atrevo… No, os ruego que me dejéis ir. Prefiero abandonar mis cosas aquí que pasar una hora más bajo este techo.


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