EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Vete. Has perdido el sentido —dijo Manfredo—. No nos interrumpas, que estábamos tratando asuntos importantes. Ya veis, señor mÃo, que esta doméstica padece ataques. Ven conmigo, Bianca.
—¡Oh, por todos los santos! No; he venido para advertir a vuestra alteza. ¿Por qué se me tenÃa que aparecer a mÃ? Yo rezo mis oraciones mañana y noche. ¡Oh, si vuestra alteza hubiera creÃdo a Diego! La mano corresponde al mismo gigante cuyo pie vio él en la sala de la galerÃa. El padre Jerónimo nos ha dicho a menudo que la profecÃa iba a cumplirse un dÃa de estos… Me dijo: «Bianca, ten presentes mis palabras».
—Deliras —replicó Manfredo, rabioso—. Vete y reserva esas supercherÃas para asustar a tus compañeros.
—¡Cómo, mi señor! ¿No creéis lo que he visto? Id vos mismo al pie de la escalera. Por mi vida que lo he visto.
—¿Qué has visto? Dinos, hermosa joven, qué has visto —la invitó Federico.
—¿Puede vuestra señorÃa prestar oÃdos al delirio de una criada estúpida —terció Manfredo—, que ha escuchado cuentos de aparecidos y se los cree?
—Eso es más que fantasÃa —corrigió el marqués—. Su terror es demasiado natural y la ha impresionado hondamente para ser fruto de la imaginación. Dinos, hermosa doncella, lo que te ha afectado de este modo.