EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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—Sí; gracias, señoría. Creo que estoy muy pálida. Me sentiré mejor cuando me haya recuperado… Me dirigía al aposento de mi señora Isabella por orden de su alteza…

—Déjate de detalles —la interrumpió Manfredo—, a menos que te los pida su señoría. Continúa, pero sé breve.

—Es que vuestra alteza me atemoriza… Temo que mis cabellos… Estoy segura de que nunca en mi vida… ¡Bueno! Como iba diciéndole a su señoría, me dirigía a la habitación de mi señora Isabella por orden de su alteza: se halla en el aposento azul celeste, a mano derecha, después de un par de peldaños. Cuando llegué a la escalera principal, mientras miraba el regalo de vuestra alteza…

—¡Que Dios me dé paciencia! —exclamó Manfredo—. ¿Irá de una vez al grano esta doméstica? ¿Qué le importa al marqués que te obsequiara con una fruslería como recompensa por tu fiel dedicación a mi hija? Queremos saber lo que viste.

—Iba a decírselo a vuestra alteza, si me lo permitís. Bueno, pues yo iba frotando el anillo, y estoy segura de no haber subido tres peldaños cuando oí el chirrido de una armadura; un ruido horroroso, a fe mía, como Diego dice haber oído cuando el gigante se volvió hacia él en la sala de la galería.


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