EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¿Qué está diciendo, mi señor? —preguntó el marqués—. ¿Está vuestro castillo encantado con gigantes y espectros?
—¿Cómo, señor? —dijo Bianca—. ¿No ha oÃdo vuestra señorÃa la historia del gigante de la sala de la galerÃa? Me sorprende que su alteza no os la haya contado. Acaso no sepáis que hay una profecÃa…
—¡Estas necedades son intolerables! —la atajó Manfredo—. Despidamos a esta criada tonta, señor mÃo: tenemos importantes asuntos que discutir.
—Si me lo permitÃs —objetó Federico—, no son necedades. El enorme sable que me fue dado hallar en el bosque y vuestro yelmo, su compañero, ¿son fruto de las visiones de una pobre doncella?
—Eso piensa Jaquez, con el permiso de vuestra señorÃa —corroboró Bianca—. Afirma que no concluirá esta luna sin que veamos algún suceso extraordinario. Por lo que a mà respecta, no me extrañarÃa que ocurriera mañana mismo. Pues como iba diciendo, cuando oà el chirrido de la armadura, me entró un sudor frÃo… Miré hacia arriba y, créame vuestra señorÃa, vi en lo más alto de la barandilla de la escalera principal una mano de armadura tan grande, tan grande… Creà desmayarme… No me detuve hasta llegar aquÃ… ¡Ojalá estuviera fuera de este castillo! Mi señora Matilda me dijo ayer mismo por la mañana que su alteza Hippolita sabe algo…